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Bojayá: memorias del conflicto armado

Bojayá es un municipio que ha sido víctima de enfrentamientos violentos a causa del conflicto armado que perdura en la historia de Colombia. Allí se vivió una de las tragedias más impactantes y violentas del país. Aquí analizaremos a profundidad qué ocurrió en la masacre de Bojayá. ¡Bienvenido!

¿Quién es el responsable de la masacre de Bojayá?

La masacre de Bojayá quedó marcada en la memoria de los colombianos, pues fue uno de los eventos más violentos de la historia del país, por esto es importante preguntarse, ¿quién es el responsable de esta masacre?

Masacre de Bojayá

Alabando a la muerte

Fueron más de 17 noches en vela en las que los bojayacenses se dedicaban a mirar por la ventana y lo único que veían era de un lado a los paramilitares y del otro lado a la guerrilla, hasta que de un momento a otro Bojayá quedó sumida en la penumbra y no precisamente a causa de la oscuridad de noche.


El municipio de Bojayá, ubicado en el departamento del Chocó, sufrió en carne propia una de las peores masacres perpetradas en Colombia, luego de que el 2 de mayo de 2002, guerrilleros del Bloque José María Córdoba de las FARC y los paramilitares del Bloque Élmer Cárdenas tuviesen un fuerte enfrentamiento por el control de la zona. Cerca de las 11:00 a.m. un cilindro bomba impactó en el techo de la iglesia y explotó, no solo causando daños materiales irreparables, sino acabando con la vida de más de 79 personas y causando el desplazamiento forzado de más de 5.771 familias que huyeran hacia Vigía del Fuerte y/o Quibdó, sin recursos económicos, sin oportunidades y después de haberlo perdido todo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los habitantes de Bojayá no recuerdan a ciencia cierta desde cuándo su región se convirtió en objeto de disputa entre grupos armados, haciendo trizas la vida de los bojayacenses. Algunas de las personas que habitaban cerca a la iglesia afirman que las noches solían ser tranquilas y que en las mañanas era que se hacía imposible salir a la calle, pues incluso recuerdan que un fuerte combate comenzó desde la mañana del 1 de mayo y que no conocen el motivo por el que acabaron en horas de la tarde. Sin embargo, se reactivó a primera hora del 2 de mayo, pues siendo las 5:00 a.m. los habitantes tuvieron como despertador el sonido de los tiros y los cartuchos cayendo al suelo.


Aquella tarde del 1 de mayo, cuando cesó el combate, los habitantes aprovecharon para refugiarse en aquellos lugares que consideraron más seguros o en los que se sentían más protegidos, entre esos la iglesia San Pablo Apóstol. La mayoría de estas edificaciones de Bojayá fueron construidas en cemento, por lo que el impacto del cilindro bomba fue mayor, siendo capaz de sobrepasar paredes y techos hasta estallar en el altar de la iglesia, destruyendo uno de los lugares más importantes del pueblo. No obstante, si bien el cilindro bomba acabó por completo con el templo donde acudían miles de feligreses en la semana, el conflicto armado no logró acabar con la fe de un pueblo creyente.

 

 

 

 

Los bojayacenses son gente noble y humilde, que al igual que la mayoría de los municipios del Choco se caracterizan por la unión y la importancia del servicio a la comunidad. Los habitantes recuerdan que días previos al 2 de mayo hubo una reunión en la cancha del colegio, en la que el jefe paramilitar conocido como “El Alemán” les gritaban que ellos venían a quedarse y a luchar por el pueblo y que por esos días harían una limpieza porque según ellos estaba muy sucio el pueblo. Así fue como comenzaron a desaparecer personas y aparecer cadáveres de la nada. No obstante, a pesar del miedo que sentían la esperanza y la unión entre los habitantes siempre se sintió.


Ellos querían dejar atrás el dolor y la guerra, por lo que en la firma del acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC en Cartagena, los habitantes de Bojayá enviaron a la ceremonia un grupo de mujeres víctimas de la masacre a cantar “alabaos”, un tipo de música coral religiosa negra muy típica de la región; y más del 96% de los habitantes
votaron a favor del acuerdo de Paz en el plebiscito del 2 de octubre de 2016.

 

 

 

 

 

El “alabao” es una tradición ancestral de la diáspora africana y que llegó a la regiónPacífica. Según explica a Revista Affectio de la Universidad de Antioquia una de las integrantes del grupo de Cantadoras de Pogue (Bojayá): “El alabao es un canto a capela, ancestral y colectivo, en el que una alabadora o alabador pone un canto, y en contestación a este se entona el coro a cargo del resto de alabadoras, alabadores y asistentes  al velorio”.


Este hace parte de los rituales más importantes para la comunidad, pues se ha transmitido por muchos años de generación en generación, siendo un rito con el que buscan alabar a sus muertos y que estos puedan descansar en paz encontrándose con sus ancestros, por lo que se dice que en este tipo de comunidades las tradiciones
católicas son compartidas, así como el dolor.


Saulo Mosquera relató a revista Affectio que no solo se le cantaban alabaos a la Virgen o Cristo, sino que este se convirtió en un rito para contar cómo los estaban matando y denunciar la indiferencia del país frente a lo que ellos vivían, convirtiéndose en un rito de visibilidad política y que según ellos afirman un lugar de encuentro entre vivos y muertos mediante el arte.


A pesar del dolor, la música, el arte y la fe se mantenían presentes. Domingo Mena, pescador del río Atrato en conversación con Juan Manual Echavarría, escritor especializado en conflicto armado, le contó que él fue quien después de la masacre limpió la iglesia y relató que los muertos quedaron más de 3 días a la intemperie de una iglesia sin techo, hasta que el jefe guerrillero Silver le dijo que recogiera los cuerpos o les iba a echar gasolina, por lo que tuvo que ponerse en la tarea de recoger uno por uno y aunque mientras lo hacía lloraba, aprovechaba para componerles canciones a los muertos. Dice que una de las canciones que a pesar de escucharla muchas veces lo sigue conmoviendo es Bocas de Ceniza.


Según un relato de la Unidad de Víctimas, el padre de la iglesia, Antún Ramos, en compañía de otras personas regresaron días después a Bojayá para encargarse de empacar restos de personas en bolsas de basura y se sorprendieron cuando la “loquita del pueblo”, como la llamaban ellos, había organizado los muertos como creía que eran los cuerpos, uniendo la cabeza de un niño con el cuerpo de un adulto o juntando dos pies izquierdos, pues para ella cada persona era importante y merecía un entierro digno, por lo que dice que sin importar que se hayan enterrado varios NN en el cementerio de Bellavista, ella nunca los vio como un simple NN, pues muchos familiares no pudieron llorar a sus muertos porque no los podían identificar, con la única opción de enterrar a sus muertos en bolsas negras en una fosa común.


Es una situación traumática que dejó huella en cada bojayacense, quienes además de no poder contar abiertamente todo, manifiestan que los niños que para la fecha de la tragedia no habían nacido sueñan con el hecho que vivieron sus padres y/o abuelos, además algunas mujeres sueñan con los bebés que murieron antes de nacer en el vientre de sus madres y algunas personas sueñan con sus familiares muertos en la masacre, visualizándolos mutilados, quemados y sufriendo.

Hay quienes afirman que sus familiares tratando de hablar de la masacre empezaban a vomitar e inclusive los que quedaron sin poder oír o ver sufren a diario, pues se levantan con dolor de oídos, de pie, etc. Ellos interpretan esto como que son “almas en pena” que no han descansado en paz y no los dejan descansar por no darles una digna sepultura. Razón por la que en 2016 pidieron al El Estado que los cuerpos fueran exhumados para su identificación, proceso que hasta el 11 de noviembre de 2016 se hizo posible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los cajones donde permanecían los restos de las víctimas llegaron en una balsa por el río Atrato rodeada de flores blancas. Cuando los familiares recibieron los cuerpos la comunidad empezó a cantar alabaos y recitar versos a los niños llamados: el gualli y el chiagualos, pues finalmente después de 17 años de dolor pudieron hacer su duelo.
Algunos recibían ataúdes pequeños de madera de color café, los cuales eran de adultos y otros recibían ataúdes blancos, que representaban los restos de niños.


Con estos ataúdes los familiares caminaron por Bojayá cantando “ni una gota de sangre más en Bojayá”, el cúal se convirtió en un rito para honrar a sus muertos sintiendo en carne propia dolor, pero también paz, pues finalmente iban a sentir que sus muertos no seguirán rondando entre los vivos. Ellos dicen que todos estos rituales tienen como
objetivo principal que sus muertos puedan finalmente descansar en paz.


Otro de los ritos relacionado con la conmemoración a sus muertos han sido las obras de teatro, las cuales buscan representar una reconstrucción de la memoria de Bojayá. En este tipo de montajes teatrales como la obra llamada “Kilele” se muestra un acto ritual que escenifica un velorio y rinde homenaje a cada una de las personas que murieron en la masacre en busca de darle otro significado a la masacre y a la muerte, por ejemplo, en una de las escenas las almas de las personas que fallecieron viajan en la canoa remando por el río Atrato, este viaje es un símbolo de eternidad, de transición hacia la paz y hacia un sitio donde puedan descansar. Las ánimas en otra escena piden ser “enterradas como Dios manda”, por lo que contactan a Viajero, el protagonista de la historia, para que prometa llevar a cabo todos los rituales para su cristiana sepultura con las hierbas o pócimas que facilitan el diálogo con el mundo espiritual de la región.

Por otro lado, uno de los símbolos más importantes para la comunidad es el “cristo” de la iglesia, el cual pasó de ser un símbolo de fe a pasar a ser una reliquia del trauma, pues en una reunión del 2016 en Bellavista en la que se discutía con representantes de la comunidad de Bojayá si se debía recibir o no el cristo afro de parte de las FARC como gesto de perdón, inicialmente mostraron total rechazo pues la consideraban como algo ajeno, impuesto, con un aspecto espantoso y sobre todo incapaz de llegar a reemplazar al verdadero cristo que se encontraba en la iglesia y terminó mutilado.

 

El cristo mutilado se convirtió en un símbolo de las lesiones corporales de las víctimas y al que se le atribuyen varios milagros, pues varias personas dicen haber sobrevivido a la explosión gracias a él. Leyner Palacios, comisionado de la Comisión de la Verdad afirma: Es el símbolo que representa cómo quedaron nuestras vidas: lesionadas; cómo quedaron las personas de Bojayá:  heridas. Entonces el símbolo constituye esa herida que tiene la gente, pero también esa posibilidad de protegernos: nosotros creemos que el Cristo salvó mucha gente, así como los que quedamos vivos también podemos contribuir a seguir salvando vidas y le atribuyeron la capacidad de hacer milagros, pues muchos dicen que gracias a él sobrevivieron de a la explosión”. Por esta razón conservar la forma mutilada del cristo es muy importante y es lo que lo hace especial. Ha pasado por restauraciones y ha sido replicado para evitar el daño del original que solo es usado en reuniones del Comité de Víctimas.

Fotografía: Colombia Plural.

Fotografía: Editorial El Tiempo.

Fotografía: Revista Semana.

Fotografía: Rodrigo Arboleda. DW.

Masacre de Bojayá en fotografías

Universidad Externado de Colombia

Taller de convergencia en medios

Asesoría de Mónica Parada Llanes

2021

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